CONCEPCION CABRERA DE ARMIDA


LAS ESTACIONES DEL ALMA





PRIMAVERA

La primavera la tiene el espíritu a los principios, diré, a su entrada en la vida espiritual, generalmente.

Entonces es cuando el Señor manda consuelos, y muy poderoso atractivo hacia la virtud, con suma facilidad para practicarla.

El alma entra de veras a una atmósfera perfumada... y camina sobre flores con un cielo sin nubes, siempre sereno y encantador; ahí no hay tempestades, ni vientos secos; el sol es tibio, la luz esplendorosa y el corazón nada en un ambiente celestial, disfrutando de una paz indefinible...

Vienen como naturalmente las ansias de penitencias, y aun del martirio mismo, abultando la imaginación la fortaleza del alma que se siente abrasar por el celo de la gloria de Dios.

La mortificación no cuesta entonces: el alma vuela como en brazos ajenos, y feliz y radiante anhela el padecer, sin la menor dificultad y resistencia. En esa época, todo sonríe en la vida espiritual; nada es pesado, y el corazón y el alma y todo el ser de la criatura está impregnado de una substancia divina muy lejos de la tierra a su parecer, y muy cerca del cielo.

Casi no pierde entonces el alma la presencia de Dios, no parece connatural en ella: la humildad la arrastra, pareciéndole, casi imposible que pueda existir la soberbia...

Se escandaliza el alma no sólo de los pecados, sino aún de las tibiezas y defectos ajenos, y cae en el escollo de querer a todos en la perfección más alta y elevada.

Muy fácil es entonces la falta de caridad en los juicios... y muy sutil la soberbia espiritual. Defectos son éstos en la primavera del espíritu, y otros muchos que iremos viendo, pues la cizaña en ningún estado ni estación falta al alma.

Cree entonces el alma que de ese estado feliz, preludio de la bienaventuranza, pasará sin duda al cielo a gozar eternamente. No se le ocurre que tiene que conquistarlo, pues casi ya toca su plenitud y se ve en posesión de él...

¡Qué aberración, natural con este estado, sin embargo, que el señor soporta, como una cariñosa madre los ensueños de un niño!... Enoja el alma el sólo figurarse que pueda caer en algún pecado, ni siquiera imperfección: ¡cómo en ella, tan llena de Dios, semejante cosa?, ¿imposible! Y cuando cae, ya por debilidad o por permisión divina, para hacerla tocar de vez en cuando que es tierra, le duele más la caída por dejar de verse bonita, que por ser ofensa de Dios. Entonces es muy común entristecerse con demasía, habiendo en esto, más que virtud, amor propio, que se toca con la mano, y que el Señor soporta disimulando.

Vuelve, sin embargo, a soplar, por misericordia de dios, la suave brisa de las consolaciones, y olvida otra vez el alma su origen, su miseria, y se eleva en alas de las suaves delicias del Espíritu Santo.

Y todavía más: es tan bueno el Señor, que muchísimas veces, tras de una infidelidad o falta, y aún en seguida de un pecado, hace sentir al alma un toque de infinito amor, de ternura inconcebible: y si el alma es delicada, esto la hunde, y la ata al Dios de sus amores... de sus alegrías y de sus esperanzas satisfechas.

La oración entonces se las encuentra el alma hecha, diré: ¿qué facilidad para recogerse, para olvidarse de sí y perderse en Dios!

Un solo pensamiento, una sola palabra basta para embeber el corazón, para absorberlo en la Divinidad, para tocar el cielo!...

El alma se ve limpia, se ve pura y se refleja en ella el mismo Dios.

Una variedad de clases de oración se suceden entonces en esta alma feliz, que rebosa dulzura y satisfacción, dicha y amor.

El Señor constantemente la solicita, la llama, día y noche la acecha con sus ternuras y celestiales primores. Se esconde el alma ruborizada, y la encuentra ... Baja y el Señor baja también; es una persecución de amor muy deleitable que rinde, que aniquila, que hace al alma desfallecer y entregarse purísismamente al Amado.

Vive reclinada en sus brazos, con una confianza limitada, y embriagada por el vino, por el licor celestial. No puede el alma entonces hacer más que amar, amar y en esta feliz ocupación se deslizan uno a uno los días que parecen no haber pasado.

Camina el alma y vuela en brazos ajenos; ¿qué raro es que no sienta el peso del día, ni el bochorno del camino?

Muy grandes y muy altos vuelos se dan ciertamente en la primavera de la vida espiritual; pero ¿ay del alma que entonces no se abastezca para las próximas estaciones que tenga que recorrer!

Con el riego de lo alto cualquier semilla germina, crece, y florece entonces en el corazón. Todas son variadas flores las que produce el alma; pero ¿cuántas amarrarán sin marchitarse?

Muchos fuegos fatuos existen en el jardín del alma... muchas mariposas de imaginaciones futuras... muchos aromas que se lleva el viento... muchas rosas que se deshojan antes de abrirse... ¡Cuántos gusanos... cuántas ortigas y mala hierba pugnan por crecer entre tan hermosas flores!

El alma incauta pierde mucho... y el alma imprudente y culpable, mucho más. Pero de todo esto no se da cuenta hasta que concluye la estación sin poder remediarlo.

En la primera primavera el alma duerme feliz sin pensar en el mañana: en las otras, más tarde, ya sabe que todo eso es pasajero, y aunque agradece, ya no pone ahí su nido, sino que vive como huésped... ve la estación más bella, como transitoria, y sólo se abastece de calor de vida y de fuerzas para el porvenir.

Algunos defectos de la primavera primera consisten en celos imprudentes, por ejemplo, en las penitencias. Cuesta entonces mucho la obediencia sobre el particular, maravillándose el alma de cómo el Director no ayuda a sus impulsos de matarse si pudiera, de no dormir, de no comer, etc.

Gusta el alma con cierta complacencia interior de ver sangre en la disciplina... de contar despacio y enumerar sus mortificaciones y penitencias, no sólo al Director, sino a quien por algún título real o supuesto, puede.

Es imprudente en querer siempre hablar de espíritu sin buscar oportunidad, y se molesta de que otros no piensen ni sientan como ella.

Las virtudes de vencimiento, de caridad, de condescendencia y de dominio propio, andan muy mermadas.

Llora con facilidad: sobre todo en las visitas al Santísimo y en la Comunión, viniéndole tentaciones, que semiconsciente, de que es muy santa.

Primero se espanta, y después, si no es clara de conciencia, deja penetrar un tanto en el corazón esta solapada soberbia que, si no se corta, hace estragos, a veces muy graves e incalculables.

También con muy solapado amor propio, mira el alma a los demás con cierto aire de superioridad, y aun inconscientemente; pero si el alma es recta y tiene buena voluntad, le da Dios la luz suficiente para remediar este defecto tan odioso y pestilencial.

Otro defecto de esta primavera es el deseo que viene al alma de comunicar sus impresiones, favores y gracias del señor. Como está plena, es natural que a esto tienda, pero sería un mal que esto hiciera, a más del Director. La tentación es testaruda sobre el particular, con mil doradas capas de hacer a otros el bien, etc.; pero al fin tentación, sólo debe despreciarse y el alma ocultarse a toda mirada humana, siendo sin embargo, clara con el Director.

Satanás también entonces se mete mucho en querer que el alma palíe mucho sus defectos y aún sus caídas para no desdorarse con el Director; y si el alma es soberbia o se deja vencer, éste es el despeñadero por el que ruedan muchas almas que comenzaron bien, y concluirán, si no se detienen, muy mal. Esto de decir defectos, que el demonio abulta en estas cumbres de santidad en las que se cree ver el alma elevada, le es muy duro, y necesita de una muy grande pureza de intención en su vida espiritual, de miras muy altas y sobrenaturales para no caer en esta red diabólica.

¡Siempre la soberbia, arma favorita de Satanás; siempre ese vicio de infierno es la guerra del alma!

Las ilusiones satánicas generalmente escogen la primavera de las almas, y sobre todo, la primera primavera para desarrollarse, si no encuentran un mediano talento y una grande humildad.

Las almas tontas, y más las almas soberbias, son las que en estado de primavera se hacen chocantes, melindrosas, amigas de descubrirse, de suspirar y de hacer ridícula la piedad con sus exageraciones, aspavientos e imprudencias, siendo que con esto evaporan todo lo que pudieran tener de santo en sus corazones.

Si las otras estaciones son peligrosas para el alma, el campo de la primavera me parece más para las almas veleidosas, demasiado sensibles, superficiales o de poco entendimiento. Dios no tienta, y la culpa siempre y en todo la tendrían quienes no fueren claras de conciencia, sencillas, obedientes y humildes, que son las cuatro cualidades que envueltas en una muy grande pureza, deben acompañar a las almas primaverales.

¿Por qué en la primavera del espíritu las almas se creen santas? primero por la novedad de verse envueltas en tantas gracias, que antes no tenían; y segundo, por su poca y principiante humildad, que Satanás, muy finamente, trabaja por emponzoñar.

Queridas y amadas con ternura del Señor, llenas de gracias y privilegios singulares ¿qué otra cosa pueden ser? Y el demonio caldea y aviva este pensamiento, y las pobres no saben, ¡ay!, que precisamente su debilidad e indigencia hace que el Señor se porte de esta manera para ganárselas.

Son almas débiles, enfermizas, anémicas, incapaces de soportar dolor, porque esto sería ahuyentarlas de sus brazos... tiene que darles leche y miel, y cuando caen, un caramelo para que se levanten y prosigan el camino. Entonces Jesús quita las espinas que pudieran punzarlas, porque se sentarían y no querrían proseguir.

El disimula sus faltas y las cura, no con amargos, porque se espantarían, sino con agua fresca, con almíbar de consolaciones... Es admirable lo que Dios ama a un alma, y el cuidado, y el trabajo, y los desvelos, diré, que se toma para que no se le escape: no mide lo que puede costarle; se abaja, hasta no poder más, ¡Dios mío!, para conservar lo que es suyo. Se da mil mañas, diré, para atraerla, para enamorarla, rodeándola, persiguiéndola, rogándole. ¿Oh dignación, sólo creíble en la caridad de un Dios!

Y cuando las almas en estas primaveras se creen santas y adelantadas, esta estación de flores indica, si se hace perpetua, todo lo contrario, que sólo regando de rosas el trayecto que recorren, pueden andar... que sólo las virtudes almibaradas pueden practicar... que sólo con un Jesús bonito, lleno de luz y de resplandores al lado, pueden caminar; les asustaría que las invitara a la sangre, a la cruz, al Calvario, y tiene el Señor que conformarse con su cortedad, con su poca generosidad, sembrando de deleites la atmósfera que respiran, para tenerlas presas en sus amorosos brazos.

Pero si Jesús se conforma a más no poder con esas primaveras constantes en que muchas almitas pasan la vida, ¿deberán estas, si tienen delicadeza, no aspirar a dar frutos de virtudes, a no quedarse en flor? ¡Oh, si que deberán, y al comenzar el Señor a secar el jardín... a enviarles algún sufrimiento, no se deben espantar... no deben replegarse en el árbol, sino dejar caer las hojas del rededor, para que cuaje esa flor y caiga el calor del estío a formar el fruto que más tarde darán.

No; la primavera es un favor del cielo, de los cuales el más pequeño es grande... pero esta estación no indica sino la debilidad del alma , el comienzo, el principio de una larga carrera, para la cual hay que robustecer a nuestro pobre y miserable corazón gota a gota; con leche y miel, repito, para que creciendo, tenga fuerzas, y desarrollámdose a la sombra del Amado, sea capaz de llegar, más tarde, a la cima del Gólgota, siendo su Tabor el Calvario..

¡Qué grande Maestro de la vida espiritual es Jesús! Toda su ambición es el corazón del hombre, ¡ambición de un Dios!, ¿será posible? Sí, lo es, por las locuras del amor que hacen loco, ¿oh, sí!, al mismo Dios.

Tomemos, pues, esta primavera, no para poner ahí nuestro nido, sino como un punto de partida, bajando mucho, muchísimo, para poder subir hasta la Cruz.

Correspondamos a la generosidad de un corazón de fuego con el fuego de un corazón que quiera arderse, consumirse, inflamarse, no entre flores, sino entre espinas, quemámdose dulcísimamente con los mismos leños que de la primavera llevara en sus hombros para sacrificarse.



ESTIO O VERANO

La primavera, bien empleada, prepara el estío, fortificando el alma, dándole vida y lozanía.

Una buena primavera es precursora de grandes bienes: llamo buena a la que se emplea, no em sueños de color de rosa que pasan, no en fantásticas ilusiones que se desvanecen, sino en robustecer las fuerzas del espíritu, con el santo fin de emplearlas en la lucha contra el alma misma.

En la primavera, casi siempre y en su mayor parte, el alma no pasa de anhelar las virtudes, a menos que ya se las encuentre hechas o facilitadas por el fervor de los consuelos sensibles: hablo de la primera primavera, en la que, nueva el alma, no hace más que sonreir; que en las siguientes ya sabe que , si biem debe agradecer la lluvia del cielo, no debe perder de vista que muy pronto el riego le costará sudores y congojas.

En la primavera goza el alma de una pieza, diré, regalándose solamente; pero en las subsiguientes adquiere muchas y muy grandes virtudes, empleando las consolaciones divinas en humillarse, en estudiar su nada, en tocar su impotencia, en palpar su debilidad, admirando la bondad, el poder, la ternura y santidad de su Dios.

En el estío, pues no sólo se anhelan las virtudes, sino que se practican; comienzan a ser la vida del alma, quitando las telarañas de sus ojos, abriendo ante ella sendas desconocidas y nuevos horizontes.

¿No nos figuramos el asombro del alma al concluir para ella la Primavera y encontrarse más o menos repentinamente en otra atmósfera, al rayo de un sol abrasadpr y en un ambiente desconocido? y esto hace Jesús: a veces por grados, según el estado del alma, y otras de un golpe, cambia el cielo azul por negro; la perfumada y ligera atmósfera, por una de plomo, comenzando a enviar aires secos que, deshojando las flores, amacizan el fruto para que comience a crecer. Muy bien sabe el Señor que el riesgo del sufrimiento y el dolor será el único que les dará la vida, y comienza poco a poco a enviárselos...

El alma principia a ver de otro modo las cosas desde un punto de vista menos ilusorio, y con la savia de la Primavera y con el germen del mismo Jesús en el corazón, se deja hacer... rinde su voluntad al Amado, pidiéndole sólo que no la deje, porque en tinieblas y en luz quiere pertenecerle.

Y comienzan a venir las desolaciones... y se inician los desamparos, y el alma tiembla en las obscuridades y aquilones, en las tempestades y noches, arraiándose, afirmándose su fe, y ejercitándose en muchas y muy grandes virtudes.

Ya el alma no sueña... ya las consolaciones sensibles vienen sólo de vez en cuando a refrescarla, alentándola... Toca su nada, y comprende que todo lo que no sea castigo para ella es una inmerecida gracias.

Sufre terriblemente; pero si es humilde, lo hace con paz, y aun gozándose en el crisol que la purifica, con la dulce esperanza de volver a encontrar al amado.

Ese es su delirio, y no le importan los martirios con tal de satisfacer la ardiente sed de Jesús, que consume su corazón.

A veces esta alma, entre los bochornos del Estío, siente frialdad, indiferencia y hielo para con Jesús, y esto la bambolea, y viene la fe a pedir ser ejercitada, la dura fe, la obscura fe, que tanto madura el espíritu.

Muchas arideces y vueltas. pedregales y luchas, lleva consigo esta estación caluroisa; y el alma gime y se deshace, y llora, pero firme, pegada al árbol de la Cruz, con sus fuerzas todas.

Comprende entonces muy claro que su fin, su amor y su todo es Jesús... Jesús en cualquier forma; y como no lo encuentra sino crucificado, vuela a la cruz y anhela entonces crucificarse... Este deseo, que parece tan santo, sin embargo, no carece de esfuerzo; como sólo ahí esta el Amado, ahí se resuelve ella a estar; pero claro que preferiría el Tabor, y sólo a más no poder consiente en ser crucificada.

Muy largo sería poner la carrera del espíritu en esta estación de las arideces del alma y sus multiplicados crisoles y sangrías, que la hacen ir dejando la ponzoña y purificando su amor.

Ya se muestra Jesús, y se le esconde; pulsa el alma, y la deja; ya no es leche y miel la que pone en sus labios; es amargura, es un mar en que la deja ahogarse; mar de contrariedades, luchas, angustias, enfermedades y toda clase de preciosas cruces, con que le da forma, jugo, sabor y aun semilla para su fruto y fecundación futura.

¡Oh divino Hortelano, que eres tan sensible a los gritos del amor!, riégame con tu Sangre en los estíos de mi existencia, y que tu jugo, tu vitalidad y tu vida sea la mía, para que, al llegar el otoño, el fruto seas Tú mismo, y que yo desaparezca y diga con toda verdad: **Ya no yo, sino Jesús en mí.**

Y, ciertamente, ésta es la estación de desaparecer, y se desaparece ocultándose, aborreciéndolse, buscando desprecios y humillándose.

La humildad es el mejor escondite en donde el alma desaparece aun de sus propias miradas, y hay que hundirse en ella para no encontrarse jamás.

A medida del albajamiento del alma, Jesús se transforma en ella; a medida de su humillación, en ella se engrandece absorbiéndola.

El Estío es, generalmente, la estación más larga de la vida interior; la más ardua y trabajosa; es el desarrollo del alma en la vida espiritual, la formación y substancia de todas las virtudes. ¿Y cómo no!, si el fruto maduro y precioso que el alma forma es Jesús mismo, en el que se transforma.

Pero como Jesús todo es dolor, el alma tiene que asimilársele, y mientras más cruz, más parecido, más Jesús...

Pero existe un secreto, y es que el alma no encierra en ella a Jesús como la nuez a su fruto, siendo sólo la cáscara, sino que ella se disuelve, se liquida y toma el mismo espíritu de Jesús, formando, no dos, sino uno solo.

Llega el alma a delinear, a calcar, a tomar la fisonomía de Jesús a tal grado con la práctica de la humildad, del amor y del sacrificio, que viene la transformación de gusano en mariposa, del alma terrena en celestial, de la flor en fruto más o menos sazonado, más o menos maduro, según se ha dejado de calentar del Sol de Justicia.

El alma que se olvida que ha sido flor y que desciende al profundo conocimiento de su nada, que se aniquila y muere así misma, esta alma llegarà a presentar un fruto exquisito, porque no existe mayor asimilamiento con Jesùs, como el que se opera por medio de la humildad, y ningùn fruto sazonado existe que no lleve el color de esta virtud.

Lìbrenos Dios de frutos raquìticos, àcidos o podridos; entonces no es el Sol divino el que ha calentado el alma, no es el Jesùs dulzura, vida y caridad quien la ha poseìdo; esta alma, este fruto, no se ha ocultado en la humildad; y el demonio, el mundo y la carne han chupado su jugo, han emponzoñado su semilla, han impedido su desarrollo. Esas almas no se han dejado arrancar de las criaturas y vanidades de la tuierra... no han quitado los afectos que les impedìan... han abrazado a medias la Cruz... no estàn vacìas, y en su disipaciòn, caen a menudo en faltas deliberadas. Muy tibio es su amor, y asì es su vida, alargando el Señor su estìo, y llegando muchas veces la muerte sin que se haya madurado el fruto de la estaciòn.

Las pasiones la han tostado; la soberbia, el amor propio, el respeto humano y la sed de brillar han agotado la vitalidad de esta pobre alma; y enferma y dèbil, sin calor y sin vida, y aun llena de gusanos y pecados, cae del àrbol antes de madurar, todavìa muy verde, sirviendo de pasto a los demonios, o rodando por el suelo de abismo en abismo, hasta pudrirse en un muladar.

¡Cuántas desgraciadas almas, culpablemente separadas del árbol de la Cruz, se han despeñado hasta el infierno!

El Estío es la escuela de los santos; y las almas rebeldes a las enseñanzas y a los llamamientos del Salvador, cobardes y pusilánimes, que no quieren poner los pies en sus huellas ensangrentadas, se quedarán a medio hacer, y nunca llegarán al término, porque **quién quiera ir en pos de Jesús**, debe renunciarse y tomar su Cruz.

Cuesta sudores y congojas esta estación, verano de las almas, pero ¡felices las que siempre crecen y se desarrollan pegadas a la Cruz! ¿Y quiénes son estas?, sólo las que amen, porque el amor lo vence, y en él no hay pena ni sufrimiento, porque el único suplicio del amor es no sufrir bastante por el Amado.

Si existe este amor sólido, nacido en la primavera y cultivado y crecido a los vientos del Estío, ¡qué importa al alma dejarse hacer astillas, para formar el descanso del Amado?

Cuando hay amor, hay fuerza, hay valor, hay firmeza, hay todo... Sabe que es el tiempo de las luchas y de las victorias; que en su mano está el madurarse o pudrirse... Satanás entonces pone en juego todas sus baterías, descollando en ellas los tiros de la desconfianza... del cansancio... de las dudas y perplejidades... Es duro y penoso el estado del alma entonces; pero también es donde se prueba para cuanto es, y si ama al Dios de los consuelos, o los consuelos de Dios.

La Oración en los estíos es seca y penosa: a fuerza de vencimientos está el alma en ella: todo es árido, duro, doloroso y abrumador a su alrededor. Con frecuencia pide al cielo paciencia y más paciencia para preservar en ella sin desmayar.

Cada virtud cuesta, ya dominio propio, ya luchas, fastidios y supremos esfuerzos. Satanás, en esta época, abulta los obstáculos, calienta la imaginación, y amarga al alma con un supuesto y largio porvenir de martirios. Mucho trabaja sobre el particular vistiendo de negro las virtudesm y de oro los vicios: aquí despliega toda su habilidad, y muy alerta debe estar el alma a sus seducciones y traidores lazos.

¿Qué debe el alma entonces hacer? Sólo humillarse y confiar,ser muy pura, y amar sacrificándose



***************** No está completo el texto, seguiré actualizandolo 23/09/2012 :D *********************

Concepción Cabrera de Armida
Laica y Mística
1862-1937


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